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Página en Blanco

Andaba buscando mi propia fuente y voz cuando, me di cuenta que estaba aterrorizada por la página en blanco, no conseguía ninguna idea y mi mente estaba saturada. Encerrada en casa toda la mañana, sentada delante del escritorio, con el ordenador encendido y el cursor parpadeante, hipnotizándome, mejor dicho, idiotizándome en cada pulso de la pantalla. El calor era sofocante y la habitación olía aún a sudor, alcohol y sexo, de la noche anterior. Me enfundé mis tejanos gastados, la camiseta que me compré en rebajas y las chanclas, cogí todos mis bártulos de escritura y me fui al chiringuito de la playa que estaba justo debajo de mi casa. Necesitaba aire fresco y centrarme en la escritura. Era un lugar ruidoso, lleno de turistas con la espalda roja y camareros sudorosos por atender las exigencias de cada cliente, el mejor lugar para desaparecer y poder observar, en busca de inspiración. Tras mi segunda cerveza acompañada de unas papas arrugas, me di cuenta que justo en la mesa de al lad…
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Al final del camino

Sam no estaba seguro que si era una señal de precaución o el presagio de un desastre, pero sí sabía que tenía que continuar adelante con su viaje. Un cadáver en medio de la calzada, solos los dos y como único testigo las montañas. Miró a su alrededor y empezó a buscar indicios de actividad humana, pero las carreteras estaban desiertas y no se veía a nadie.
     Se acercó con cautela hacia el cuerpo tendido, era una mujer de mediana edad, rubia con una cámara de fotográfica colgada al cuello. Yacía boca arriba, con los ojos cerrados sobre un charco de sangre oscura y viscosa. Sam empezó a temblar y sudar, estaba aterrado y con un impulso de valor, se agachó y le tocó la pierna. Dio un salto hacia atrás, asustado, había notado la rigidez de un muerto. Sus pensamientos se dispararon en un carrusel de conjeturas, ¿cuánto tiempo llevaba muerta? ¿cómo es posible que no haya nadie? ¿qué le ha ocurrido? ¿la han asesinado o ha muerto por  un accidente? La mujer mostraba su boca  abierta, e…

Los nazis escondidos

Mis pasos suenan seguros entre las hileras de muertos que se amontonan a mis dos lados. Los cadáveres se han de apilar bien. Brazos, piernas, cabezas, cuerpos sin vida esqueléticos, parecen muñecos duros, en sus rostros muecas de dolor de horror.

Mi paso es seguro en ese pasillo de muerte, con mis manos cogidas detrás de mi espalda y mi abrigo que me cubre hasta las rodillas, miro a mi alrededor, sin ninguna emoción, sólo miro.

Al fondo unos soldados rasos se burlan de unos cadáveres, hacen como si bailaran con ellos, los insultan y se ríen. Les recrimino su actitud, o no? creo que solo lo he pensado, de mis labios no ha surgido ningún comentarios de que sean más respetuosos. En cuanto llego a su lado se cuadran y me saludan, cuando me marcho oigo aún las risas y los insultos, no les he dicho nada, que pensarían de mi, que estoy a favor de los judíos, que tengo simpatía por ellos, podría ser causa de juicio por traición, si los soldados les hubieran contado a mis superiores mi atención …

Los Rojos huyen

Apostados en un nido junto a nuestra ametralladora oteamos el horizonte en busca de aviones enemigos. Las ráfagas surgen a chorros apuntando a los aviones que nos sobrevuelan. Seguimos órdenes, hace tiempo que ya nos cuestionamos nuestras acciones pero por miedo no decimos nada a nuestros superiores. Sus caras nos reflejan dudas y temor, un nerviosismo que antes no tenían. Hacia nosotros las órdenes son clara, no abandonar nuestro puesto, disparar  a los aviones que nos sobrevuelan. Cada vez tenemos menos armamento y más horas de soledad. Hasta el último momento continuamos disparando, pero nos quedamos sin balas y nuestros  superiores no dan señales de vida. 
Nos miramos a la cara, sin saber muy bien que decir, mi compañero tiene la fatiga grabada en sus ojos y espera que yo le dé las instrucciones, hace tiempo que dejó de pensar por si mismo, solo cumple órdenes. El cielo lo sobrevuelan unas ocas, en formación triangular.
-Nos tenemos que ir, le digo.  -¿Y las armas?, me pregunta.…

El Faro

Me dirigí al Capo Testa en Cerdeña, en busca de las ruinas de una cantera romana. En el camino me perdí, no hallé las ruinas , pero ensu lugar me encontré sumergida en un paisaje lunar, de ensueño, donde un faro se mostraba erguido guiando a los barcos por elestrecho de Bonifacio. La imagen se me quedó grabada en la retina, a mi alrededor las piedras graníticas formaban un inquietante paraje donde la erosión del aire y el mar durante 300 millones de años, habían esculpido esculturas naturalesúnicas en todo el mundo. Parecía un mar caprichoso de piedras, con formas redondeadas y blancas, sin ninguna pauta ni regla, sólo latierra había dejado pasar a través suyo al oleaje furioso y al fuerte viento. Una danza preciosa, en un tiempo detenida, a la mirada del ser humano, que vive rápido y que muere pronto. Un baile donde los elementos más duros habían cedido en formas más dulces, lo blando había transformado lo rígido y lo húmedo había perfeccionado los detalles a unos límites de belleza …

Silicia, un baile hermoso

Aún recuerdo como mi inocencia en aquel viaje hizo posible que te encontrara. Me aventuré a viajar a Sicilia, sin ningún propósito, me llamaba la atención la isla que el Mediterráneo acunaba junto a tres mares más. Tengo en mi mente, como si fuera ayer, la imagen de la niña con trenzas color azabache y ojos brillantes, que durante todo el trayecto en el avión, me enseñaba estampas de santas y vírgenes: Santa Rosalía, Santa Ágata... Cada vez que acababa el relato, en su italiano con acento del sur, le daba un pequeño beso y me miraba para que yo también besara la imagen. Al final del viaje me regaló, por mi sorpresa, la estampa de Santa Rosalía patrona de Palermo, que guardé en un bolsillo de mis pantalones.   Subí al autobús que me llevaba a la ciudad, cansada y feliz de emprender el viaje. Aún conservo la sensación pegajosa en mi pie derecho al pisar aquel chicle que me hizo detenerme junto a Mariana, quien me invitó sonriente a sentarme a su lado. Una viejecita encantadora que venía …

Pequeño riachuelo

Había una vez un pequeño riachuelo contento y feliz, orgulloso alardeaba que sus aguas eran las más cristalinas y sabrosas del mundo. 

     Un día un pájaro se posó en una roca cercana a él y se refrescó, el pequeño riachuelo que no conocía al ave, le preguntó: 
- ¿Verdad que mi agua es la más cristalina y sabrosa del mundo?.

     El ave se lo miró curioso y le contestó:
- Cierto, tus aguas son muy frescas pero he bebido de otro riachuelo un agua aún más fresca y pura. 
- ¿ Cómo es posible, dónde está ese riachuelo? Le preguntó irritado el riachuelo.
- Detrás de esas altas montañas donde nace el sol, lo encontrarás. 

     El pájaro se fue volando y nuestro pequeño riachuelo se quedó triste. No se podía imaginar unas aguas mejores a la suyas y la curiosidad empezó a arder en su interior. 

     A la mañana siguiente se acercó al riachuelo una mariposa azul, se posó y sintió que las aguas  del riachuelo estaban algo inquietas y turbulentas. 

     La mariposa le preguntó que le podía ocurrir …