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sábado, 3 de noviembre de 2018

Al final del camino



     Sam no estaba seguro que si era una señal de precaución o el presagio de un desastre, pero sí sabía que tenía que continuar adelante con su viaje. Un cadáver en medio de la calzada, solos los dos y como único testigo las montañas. Miró a su alrededor y empezó a buscar indicios de actividad humana, pero las carreteras estaban desiertas y no se veía a nadie.

     Se acercó con cautela hacia el cuerpo tendido, era una mujer de mediana edad, rubia con una cámara de fotográfica colgada al cuello. Yacía boca arriba, con los ojos cerrados sobre un charco de sangre oscura y viscosa. Sam empezó a temblar y sudar, estaba aterrado y con un impulso de valor, se agachó y le tocó la pierna. Dio un salto hacia atrás, asustado, había notado la rigidez de un muerto. Sus pensamientos se dispararon en un carrusel de conjeturas, ¿cuánto tiempo llevaba muerta? ¿cómo es posible que no haya nadie? ¿qué le ha ocurrido? ¿la han asesinado o ha muerto por  un accidente? La mujer mostraba su boca  abierta, en una mueca grotesca, con un grito desgarrador congelado en su rostro.

     Sam se dio cuenta que tenía que hacer algo, de manera urgente. Podía llamar a la policía y avisar del cuerpo hallado, pero le ocasionaría una demora importante de tiempo, preguntas y sinfín de molestias por una situación incómoda, por alguien a quién no conocía. O bien podía dar media vuelta y cambiar su itinerario hacia otra carretera secundaria, de este modo no tendría que perder tiempo. Sam quería continuar con su viaje y olvidar este obstáculo en su camino.  Por desgracia de la mujer, que él avisara de su muerte a las autoridades no le iba a cambiar su suerte, continuaría difunta. En cambio,  él perdería un tiempo valioso. 

     De este modo, con precaución, como si no quisiera hacer ruido para que la fallecida no supiera de sus intenciones, Sam empezó a retroceder.Giró la cara mirando el suelo, se acomodó su gorra y el cuello de la chaqueta para abrigarse más y empezó a caminar en dirección contraria a la que iba, dejando atrás  al fiambre y sus problemas.

     A penas había recorrido unos metros una punzada en el estómago le hizo parar, los remordimientos le carcomían las entrañas, intuía que algo no iba bien, y que no había obrado de manera honesta. Empezó a discurrir, si se encontraba a alguien en estos momentos, pensaría que estaba huyendo del lugar del crimen, le colgarían a él el asesinato. Las voces le atormentaban, los pensamientos y el estómago se le apretó aun más en un dolor agudo.
Pero él había tomado su determinación de coger otro camino y olvidar lo sucedido, así que empezó a correr, como si el diablo le siguiera, hacia el cruce anterior.

     Tomó rumbo por un camino alternativo, que le conducía igualmente a su destino pero con unas horas de retraso.Sam se sintió más tranquilo y su respiración fue recuperando un ritmo sosegado. De vez en cuando se paraba para escuchar si habían voces o se oía algo, pero todo estaba en silencio, un silencio perturbador, como vacío de vida donde no se oían ni pájaros ni viento, solo el ruido de sus pasos en ese camino pedregoso de los andes y su respiración entrecortada.

     Tras media hora de camino, que le pareció eterna,  llegó al desvío donde le llevaría a la aldea, no había encontrado a nadie y cuando empezó a descender se sintió aliviado, parecía que su tormento había cesado y la alegría le embargó de nuevo.
Silbando y con mejor humor, empezó a recordar pasajes de su pasado, se fue hasta su adolescencia y sin saber como la memoria le llevó a pensar en ella, Sandy una chica de su pueblo, lista, bonita y con un espíritu libre. Tenía siempre buenas palabras para todos y ayudaba en lo que podía en su hogar y con sus amigos. Ella le pidió ir al baile de fin de curso juntos, cosa que le sorprendió y a la vez le halagó. Los recuerdos se fueron amargando, había algo en esa chica que le causaba terror. Sam se sacudió la cabeza, como para deshacerse de un mal presagio y continuó silbando y caminando.

     Cuando giró por un revuelo, a la lejos vio un bulto en medio del camino, el sol ya estaba alto y empezaba a hacer calor, no podía distinguir que había. Se acercó con el pulso acelerado, retumbando en sus sienes,  sus pasos le dirigían directo, como hipnotizado. Empezó a distinguir las formas, parecía la mujer de antes, en medio del camino, una vez más. Aterrorizado siguió para asegurarse del hallazgo y no daba crédito a lo que veía. La mujer en medio del camino, boca arriba y la cámara fotográfica en el cuello. La mueca de terror y los ojos abiertos, unos ojos azules abiertos de manera desmesurada. 

Esta vez Sam, no pudo ni pensar, se dio media vuelta corriendo y gritando: 

-¡Socorro!

     Llegó sudoroso al desvío que había cogido por la mañana, cuando huía por primera vez del cadáver. Y se fue en dirección contraria, volviendo los pasos hacia la aldea donde había pasado la noche.

     Cuando se quedó sin aliento, paró para coger aire. Se hallaba exhausto, sudado y con hambre. Se sentó para recobrar las fuerzas y bebió de su cantimplora. Recordó que tenía barritas energéticas en el bolsillo de su cazadora, a sus 45 años había aprendido a ser previsor y cuando salía a caminar llevaba siempre un kit de supervivencia, como él lo  llamaba, agua, comida y una manta térmica, nunca se sabe lo que ocurrirá. Comió y bebió, mientras intentaba ordenar sus pensamientos de lo ocurrido pensó que quizás el pánico le había jugado una mala pasada, y no había nada en el camino, quizás los remordimientos le habían llevado a ver de nuevo a la mujer muerta, no podía ser que la volviera a ver en otro camino.

     Las dudas nacieron incesantes en su cabeza, no podía creer que la mujer estuviera en dos caminos a la vez. Mientras reunía fuerzas sintió que había algo que no encajaba, él no era una persona dada a la fantasía y menos a lo paranormal, su profesión de ingeniero en aeronáutica no le dejaba espacio a la fantasía, era un hombre de ciencias. Tenía que resolver el enigma y salir de dudas, decidió volver de nuevo al primer camino para ver si estaba la mujer, con los ojos cerrados y si la hallaba, llamaría a la policía, no podía permitir que el terror y el miedo nublaran su mente.

     Empezaba a atardecer cuando emprendió de nuevo el primer camino, donde encontró el cadáver por primera vez. El sol ya no calentaba tanto y en el cielo se dibujaron nubes de tormenta, un viento frío empezó a soplar. Calculó el tiempo que tenía hasta hallar el cadáver y pensó que podía llegar y luego continuar el camino hasta la siguiente aldea, puede que llegara de noche, pero no muy tarde.

     Mientras avanzaba la tormenta le cogió desprevenido, sacó su impermeable y su linterna, el agua caía con fuerza y las nubes taparon el sol dejando el camino en penumbra, no podía ver más allá de metro y medio. Sam siguió sin descanso, caminó durante horas sin que la tormenta parara. Pensó que ya tendría que haber llegado al cadáver cuando vio las luces de la aldea al fondo. No encontró el cuerpo, así que la mujer no tendría que estar muerta, sería una broma pesada, pero como podría haber llegado antes que él al segundo camino sin que la viera. Las preguntas se amontonaron en  su psique sin hallar ninguna respuesta.Quizás la han encontrado y las autoridades ya la recogieron hasta las dependencias judiciales a espera de ser identificada. Un suspiro de alivio le recorrió el pecho, pensó que la segunda vez que halló a la mujer sería una alucinación provocada por un miedo irracional a no haber actuado con honestidad.

     Llegó a la aldea, cansado, mojado y con un hambre voraz. Las casas estaban todas cerradas y no había señal de vida, no habían animales, ni perros, ni un alma por las calles embarradas. Llamó a una casa, no hubo respuesta, solo silencio mientras el agua le empapaba y le enfriaba hasta los huesos. Siguió golpeando  todas las puertas que encontró, sin hallar a nadie en la aldea. Pensó que era raro que no hubiera nadie y los establos estuvieran vacíos. Al final de la calle había una casa aislada y se dirigió hacia ella, picó con fuerza y la puerta se abrió:
  • ¿Hay alguien? preguntó, abriéndose la puerta del todo. 

Al fondo se veía una luz cálida y cierto calor, avanzó con cautela.

-¡Hola! ¿puedo pasar? estoy de camino he me ha cogido desprevenido la tormenta— iba diciendo mientras entraba en la pequeña la casa. 

Las paredes eran de adobe, desconchadas y sin cuidar. Siguió andando hasta la siguiente puerta que le llevó a lo que sería la cocina, un fuego en el suelo alumbraba la estancia. Había una silla al lado de la lumbre, encima del fuego una olla hervía caldo.

-¡Hola! ¿hay alguien? gritó de nuevo mirando a su alrededor.

Escuchó un ruido en la habitación de al lado, se dirigió hacia ella. Había una cama de hierro forjado oxidado, con un colchón de paja y lana viejo mohoso. Una silla y un colgador. No había nadie, ni el la habitación, ni en la cocina , ni en la entrada. Salió por donde había entrado, la lluvia continuaba cayendo con fuerza y gritó:

-¡Hola! ¿Hay alguien?- gritó casi como una suplica.

Nadie contestó, solo se oía el ruido seco de la lluvia en la tierra y sobre el techo de la casa.
Entró de nuevo, y pensó que pasaría la noche allí, por alguna razón la gente de ese lugar se había ido.

Se acomodó cerca del fuego y se intentó calentar, se quitó el impermeable y la ropa mojada, para que se secara y se quedó en ropa interior. Su cuerpo tiritaba de frío, estaba helado y con un hambre voraz. Miró el interior de la olla, el caldo hervía y olía bien. Cogió la olla con las manos, a pesar que se quemaba, para apartarla del fuego. Buscó un cucharón y algún recipiente para beber el caldo, pero no encontró nada. Sentado, al lado del fuego, dejó la olla entre sus pies, para esperar a que se enfriara y poder beber sin quemarse, mientas se calentaba con su calor.
Al rato, cuando la olla se enfrió, pudo empezar a sorber el caldo y le reconfortó.
Estaba delicioso, sabía a caldo con carne de cerdo. Pensó que había tenido suerte de encontrar la casa abierta y el caldo preparándose. Entonces se dio cuenta que la persona que hubiera hecho el caldo puede que volviera a cenar. Así que no se terminó la sopa y dejó la mitad.
Se recostó en la pared, estaba cansado, la tormenta no paraba y se oía el viento soplar con fuerza. Solo en una casa en medio de la cordillera, con su ropa mojada casi en cueros, bebiendo la sopa de otro después de un día totalmente loco. Las imágenes del día fueron pasando por su mente. El cadáver en medio del camino. Su mueca de horror. Los ojos azules abiertos desmesuradamente. El camino sin vida. Sus botas caminando por las piedras. El miedo en los huesos. La lluvia, la adea vacía. La casa. La olla. El caldo. Y de repente vio una cara acercarse a él, con los ojos encendidos y una sonrisa en los labios.
Se despertó alterado, seguía en la casa solo. Decidió ir a la cama y dormir. Hasta mañana no podría salir y a estas horas y con la tormenta, el dueño de la casa ya no volvería, se quedaría donde estuviera hasta mañana.
Se recostó en el colchón que olía a humedad y hongos, pero le pareció mucho más cómodo que el frío suelo. Se cubrió con su manta térmica por encima, dispuesto a pasar la noche en aquel sitio.
Recostado pensó de nuevo en Saly, en su sonrisa y su optimismo. Una noche habían ido de acampada con unos amigos al bosque y alrededor del fuego contaron historias, de miedo, de fantasmas y de espíritus. Ella en cambio dijo que no creía que todos los fantasmas fueran malos, sino que había algunos que nos avisaban de peores peligros y nos ayudaban así, y explicó la historia de la mujer en la curva que permanece en ella avisando, a los demás del peligro y así los coches aminorar el paso y pueden continuar.
De repente Sam pensó, si la mujer muerta que había encontrado no fuera un fantasma que le estaba avisando sobre un peligro si continuaba el viaje y un escalofrío le recorrió la espalda.

Escuchó ruidos en la puerta, se alertó y se levantó de inmediato. Cogió la linterna que tenía la lado y alumbró hacia la puerta. Una sombra negra, muy alta estaba en la puerta, mirándolo. Los ojos encendidos y una sonrisa siniestra en su rostro.
El terror le dejó sin palabras.

-¿Estaba buena la sopa? - le preguntó la sombra, con una voz grave.

Sam aterrorizado asintió con la cabeza. De la garganta no le salió ni un ruido. Su cuerpo se encogió como queriendo desaparecer de semejante presencia.

-¿Quién te ha dado permiso para comer? le gritó.

La sombra se abalanzó hacia él y Sam gritó paralizado por el miedo.Y cuando pensaba que lo tenía encima,  abrió los ojos no vio a nadie. Estaba solo y aterrorizado, con la piel erizada y el corazón hecho un nudo. Le faltaba el aire, se levantó despacio con la linterna temblándole.

-Lo siento, balbuceó .Siento haber entrado sin permiso.

El fuego se había apagado y solo la luz de la linterna alumbraba la estancia. Tropezó entonces con la olla derramando el caldo por el suelo, dirigió la luz hacia la olla con el susto y vio entones una carne blanca entre huesos hervidos, se acercó y vio que era una mano humano. Dio un salto hacia atrás de terror mientras un grito de horror quebró el silencio.

-Dios mío -suplicó , sin poder apartar la vista de a mano que yacía en el suelo.

-Dios mío, voy a morir- anunció.

Se arrastró por la estancia y vio una puerta que hasta ahora no había visto, y se dirigió hacia ella. La empujó y alumbró en su interior, temblando sin parar. Sus peores pesadillas se hicieron realidad.
En la estancia estaban colgadas del techo, las partes de lo que seria un cuerpo humano, la cabeza estaba encima de una mesa, regida sobre su cuello. Era la mujer que había encontrado en el camino. Con los ojos azules abiertos y el grito congelado en sus labios.
Y sintió, presa del pánico como le decía:
-Te avisé que no continuaras.



Marta Tadeo
Escritora

martes, 2 de mayo de 2017

Los nazis escondidos


Mis pasos suenan seguros entre las hileras de muertos que se amontonan a mis dos lados. Los cadáveres se han de apilar bien. Brazos, piernas, cabezas, cuerpos sin vida esqueléticos, parecen muñecos duros, en sus rostros muecas de dolor de horror.

Mi paso es seguro en ese pasillo de muerte, con mis manos cogidas detrás de mi espalda y mi abrigo que me cubre hasta las rodillas, miro a mi alrededor, sin ninguna emoción, sólo miro.


Al fondo unos soldados rasos se burlan de unos cadáveres, hacen como si bailaran con ellos, los insultan y se ríen. Les recrimino su actitud, o no? creo que solo lo he pensado, de mis labios no ha surgido ningún comentarios de que sean más respetuosos. En cuanto llego a su lado se cuadran y me saludan, cuando me marcho oigo aún las risas y los insultos, no les he dicho nada, que pensarían de mi, que estoy a favor de los judíos, que tengo simpatía por ellos, podría ser causa de juicio por traición, si los soldados les hubieran contado a mis superiores mi atención hacia los muertos apilados en el patio. 


Es una noche fría, me enciendo un cigarrillo, el humo hace una nube espesa a mi alrededor, hace tiempo que las órdenes que recibo son crueles y sin sentido, las cumplo por miedo y las doy con autoridad para que las apliquen. 


Estamos  perdiendo la guerra y hemos de acabar y matar a todos, el trabajo se amontona.

Ya no hay nadie que me dé indicaciones, estoy solo en mi despacho, el revolver está sobre mi mesa, quizás un tiro en la cabeza acabaría con mi angustia, quizás no? El sabor metálico del miedo y la adrenalina no se marcha de mi boca.


Tengo que huir, hacia donde. Me quito mi uniforme, me visto con ropa de los prisioneros, huyo de noche, sin nada, ni documentación, algo de dinero, nada de comida. 
Tengo miedo, tantos años creándome un futuro en el régimen militar alemán, conseguí tener un puesto de honor, era reconocido por mis compañeros, creía que luchaba por mi país, para defender mi patria, hubo órdenes que no entendía, pero me adiestraron para cumplirlas y hacerlas cumplir, a pesar de que en mi conciencia sabía que aquello no estaba bien.


Lo sabía, pero que podía hacer, quería seguir viviendo y tenía un cargo de poder.


Huyo de noche hacía el próximo pueblo, allí hay una estación de tren, no me reconocerán. Tengo miedo, mi respiración es entrecortada, temo por mi vida y la defiendo con dientes.

 
En la estación hay dos hileras de gente, un control, hay soldados americanos que exigen a todos antes de subir al tren que realicen una maniobran con las manos, no entiendo que significa. En cuanto me voy acercando me doy cuenta que los soldados entrenados realizarían la acción con destreza automática, los civiles no, es una  criba para descubrir soldados nazis escondidos, podré fingir que no lo ser hacer, podré pasar el control.
Llegó a la linea y un soldado me colocar su arma en mi sien, la noto fría y dura, no puedo respirar, el dolor en mi garganta en terrible. 

¿Seré capaz de pasar sin ser descubierto?

Marta Tadeo
Las voces de los fantasmas sin descanso




Los Rojos huyen


      Apostados en un nido junto a nuestra ametralladora oteamos el horizonte en busca de aviones enemigos. Las ráfagas surgen a chorros apuntando a los aviones que nos sobrevuelan. Seguimos órdenes, hace tiempo que ya nos cuestionamos nuestras acciones pero por miedo no decimos nada a nuestros superiores. Sus caras nos reflejan dudas y temor, un nerviosismo que antes no tenían. Hacia nosotros las órdenes son clara, no abandonar nuestro puesto, disparar  a los aviones que nos sobrevuelan. Cada vez tenemos menos armamento y más horas de soledad.
Hasta el último momento continuamos disparando, pero nos quedamos sin balas y nuestros  superiores no dan señales de vida. 

Nos miramos a la cara, sin saber muy bien que decir, mi compañero tiene la fatiga grabada en sus ojos y espera que yo le dé las instrucciones, hace tiempo que dejó de pensar por si mismo, solo cumple órdenes. El cielo lo sobrevuelan unas ocas, en formación triangular.

-Nos tenemos que ir, le digo. 
-¿Y las armas?, me pregunta. 
-Las dejamos, ya no nos sirven.Tenemos que cruzar la frontera, coge tus cosas y marchemos.

Nuestro uniforme está viejo y roto pero es lo único que tenemos de abrigo, por el camino pasamos granjas, en una de ella robamos ropa y algo de comida, estamos hambrientos. Enterramos nuestro uniforme viejo, nos abrigamos con ropa de granjero. Tenemos frío y hambre, miedo y soledad. Lejos nos quedan los días de gloria cuando creíamos y luchábamos por la libertad, cuando pensamos que nuestra lucha era la correcta, que ganaríamos, que el pueblo se alzaría en contra de la opresión. Seguimos más oprimidos que nunca, y hemos perdido la guerra, atrás quedan los discursos de nuestros líderes. Donde se habrán escondido, a Venezuela.

Parece que mi compañero me lee los pensamientos, me pregunta si nos marcharemos a Venezuela, le contesto que no, no tenemos dinero para el trayecto, solo tenemos lo que llevamos puesto y la experiencia de una guerra atroz, las imágenes de muerte han quedado grabadas en nuestra mente y aparecen sin avisar en cualquier momento, incluso el ruido, el olor a sangre, ….
Nos iremos a Francia, cruzaremos la frontera.


Los pueblos parecen fantasmas, la gente anda con bultos en la espalda, niños, ancianos, mujeres arrastran sus bienes, con la cara grabada del horror, con los ojos vidriosos del hambre y del frío. No hay fuerzas para ayudar al que queda rezagado, o sigues o mueres.
Andamos por pueblos vacíos, nos sentimos observados , pero nadie nos acoge. Entramos en un hostal, la mujer nos indica un gesto que la sigamos, está asustada. Nos deja dormir esa noche en el suelo de la cocina, mañana nos tenemos que ir. Agradezco haber aprendido francés para poder entender mínimamente lo que me dice y mis lágrimas brotan de mis ojos, hoy podremos comer y dormir en un lugar caliente, mañana el destino nos dirá.

Marta Tadeo
Las voces de los fantasmas sin descanso

viernes, 16 de diciembre de 2016

El Faro


Me dirigí al Capo Testa en Cerdeña, en busca de las ruinas de una cantera romana. En el camino me perdí, no hallé las ruinas , pero en  su lugar me encontré sumergida en un paisaje lunar, de ensueño, donde un faro se mostraba erguido guiando a los barcos por el  estrecho de Bonifacio. La imagen se me quedó grabada en la retina, a mi alrededor las piedras graníticas formaban un inquietante paraje donde la erosión del aire y el mar durante 300 millones de años, habían esculpido esculturas naturales  únicas en todo el mundo. Parecía un mar caprichoso de piedras, con formas redondeadas y blancas, sin ninguna pauta ni regla, sólo la  tierra había dejado pasar a través suyo al oleaje furioso y al fuerte viento. Una danza preciosa, en un tiempo detenida, a la mirada del ser humano, que vive rápido y que muere pronto. Un baile donde los elementos más duros habían cedido en formas más dulces, lo blando había transformado lo rígido y lo húmedo había perfeccionado los detalles a unos límites de belleza suprema.
Mi mirada se posaba en cada rincón y mis pasos me dirigían entre un laberinto de rocas blancas . 
Allá en lo alto se hallaba el faro, quieto, mudo bajo el sol o la negra noche, guiaba a todos aquellos que necesitaban un punto de referencia, una orientación para no perderse, para no naufragar y continuar su travesía. 
Delante de mí la imponente mole de Córcega se presentaba contundente con sus acantilados de vértigo y su mar en calma.
Me dirigí pensativa hacia el faro, mi mente se fue hacia un símil en las vidas de las personas cuando necesitan  una guía y  una luz para poderse orientar o bien dejarse perder. Y allí continuaba el faro con su luz y su oscuridad.
 Mi mente inquieta me llevó hasta una época en mi vida que ninguna luz  parecía alumbrar mi destino, pérdida rastreaba donde poder apoyarme y descansar, pero no  lograba encontrar el sentido de mi existencia y el alcohol y las drogas no ayudaron en mi despertar.
Subía ensimismada sobre los recuerdos amargos de esos tiempos locos y en cada paso que me dirigía a la cumbre, mi ánimo fue mejorando, mis pies empezaron a correr, como si tuvieran prisa por llegar, dejar atrás el pasado. Mi respiración se fue haciendo más rápida, un sudor cálido empezó a empañar mi espalda y una sonrisa emergió tímida en mi rostro. Corrí, casi sin aliento, hacia arriba, sin mirar atrás y en la cima, una poderosa carcajada surgió de mi interior. Lo había conseguido, por fin, todo mi cuerpo  y mi mente comprendió que era feliz y me gustó.

El faro, solo
alumbra por igual 
a todos.

sábado, 3 de octubre de 2015

Silicia, un baile hermoso




 Aún recuerdo como mi inocencia en aquel viaje hizo posible que te encontrara. Me aventuré a viajar a Sicilia, sin ningún propósito, me llamaba la atención la isla que el Mediterráneo acunaba junto a tres mares más. Tengo en mi mente, como si fuera ayer, la imagen de la niña con trenzas color azabache y ojos brillantes, que durante todo el trayecto en el avión, me enseñaba estampas de santas y vírgenes: Santa Rosalía, Santa Ágata... Cada vez que acababa el relato, en su italiano con acento del sur, le daba un pequeño beso y me miraba para que yo también besara la imagen. Al final del viaje me regaló, por mi sorpresa, la estampa de Santa Rosalía patrona de Palermo, que guardé en un bolsillo de mis pantalones.
  Subí al autobús que me llevaba a la ciudad, cansada y feliz de emprender el viaje. Aún conservo la sensación pegajosa en mi pie derecho al pisar aquel chicle que me hizo detenerme junto a Mariana, quien me invitó sonriente a sentarme a su lado. Una viejecita encantadora que venía de ver a su hijo en Barcelona y que feliz, me explicó que iba a ser abuela de nuevo. Tenía ya siete nietos, repartidos por medio mundo. Me habló de cómo Sicilia, castigada por la mafia y las crisis, se había transformado en una isla viva, con ilusión, y libre de seguir su camino. Me enseñó desde la autopista la casita donde hicieron detonar la bomba que mató a Falcone, el juez que inició el maxiproceso contra la mafia y me explicó como toda la población entendió, en ese momento, que ya era hora de plantar cara a la mafia. Contemplando por la ventanilla las miles de luces que asomaban por el horizonte, me dejé llevar, con un nudo en mi garganta, por las historias que Mariana me explicaba. Cuando llegamos a la plaza Politeama me despedí con un abrazo y ella me bendijo con un beso en la frente.
De camino al hotel me tropecé con la Procesión de Santa Rosalía, y mi corazón saltó de emoción al darme cuenta de la sincronicidad con mi estampita, que acaricié dentro de mi bolsillo. Las luces de las velas, la gente entre rezos y mis dudas sobre lo que estaba presenciando, se sumaron a la alegría de las personas en los restaurantes, a los taxis con sus músicas y la noche con una luna llena que lo abarcaba todo.
Jamás imaginé, que ese sería mi hogar el resto de mi vida y que allí encontraría el amor.
  Sonrío y recuerdo la camisa blanca anudada en mi cintura y mi bolsa colgada de mi hombro, como el sudor empezó a recorrer mi cuerpo y mi pelo dorado se pegó a mi espalda. Capturé la esencia de Palermo, los gestos de sus gentes, los rincones sembrados de historia. Descubrí platos de sabores únicos, rociados de vinos y licores. Comprobé la pobreza que toda ciudad acoge, con sus desventurados y sus miserias.
Conservo íntegro el recuerdo de aquellos días, del calor sofocante y de los baños en un mar turquesa, junto a pueblos y rincones escondidos, parados en el tiempo. Esos amaneceres y atardeceres rojos, ese infinito azul y el aire con sabor a mar.
  Y aún tenía que venir el encuentro contigo junto a la Catedral de Catania. El encuentro con tus rizos negros y tus ojos verdes que me cautivaron para siempre, junto al Elefante de la plaza. Encontré tu mirada y el mundo dejó de existir. Escuché más tarde que cuando una bruja encuentra a su amor, una pequeña descarga azul es la señal de que ese es el amor de su vida… Creo que no puede articular palabra y seguí mi camino turbada por el encuentro.
Allí junto al volcán Etna que despedía humeante su energía, encontré aquello que sin saber andaba buscando, y pude a aprender a tu lado, aquello que ningún maestro te muestra, que ninguna madre puede contarte, aquello que nos hace grandes y pequeños a la vez.

A partir de ahí, fue un baile hermoso donde uno y uno no suman dos sino que reproducen el universo entero.

Marta Tadeo
Escritora, fotógrafa y terapeuta.

domingo, 27 de julio de 2014

Pequeño riachuelo

     

     Había una vez un pequeño riachuelo contento y feliz, orgulloso alardeaba que sus aguas eran las más cristalinas y sabrosas del mundo. 

     Un día un pájaro se posó en una roca cercana a él y se refrescó, el pequeño riachuelo que no conocía al ave, le preguntó: 
- ¿Verdad que mi agua es la más cristalina y sabrosa del mundo?.

     El ave se lo miró curioso y le contestó:
- Cierto, tus aguas son muy frescas pero he bebido de otro riachuelo un agua aún más fresca y pura. 
- ¿ Cómo es posible, dónde está ese riachuelo? Le preguntó irritado el riachuelo.
- Detrás de esas altas montañas donde nace el sol, lo encontrarás. 

     El pájaro se fue volando y nuestro pequeño riachuelo se quedó triste. No se podía imaginar unas aguas mejores a la suyas y la curiosidad empezó a arder en su interior. 

     A la mañana siguiente se acercó al riachuelo una mariposa azul, se posó y sintió que las aguas  del riachuelo estaban algo inquietas y turbulentas. 

     La mariposa le preguntó que le podía ocurrir al ese riachuelo tan bello y puro y el riachuelo le explicó la conversación con el pajáro. 
La mariposa mientras dejaba sus alas al sol le propuso:
- ¿Por qué no vas a conocer a ese otro riachuelo tan fresco y puro y aprendes de él?

     El pequeño riachuelo se puso muy contento, claro podría ir a verlo y así vería por él mismo sus aguas. 
     Así fue como se puso en marcha, el riachuelo bajó la montaña en dirección indicada, feliz de la aventura empezó a ver nuevos paisajes, nuevos animales y se enamoró, con cierto miedo, a cada paso. 

     Al final del día se encontró que estaba estancado en el valle y mirando a lo alto se preguntaba cómo podría subir hacia arriba para cruzar las montañas y sintió que no sería capaz, que no podría subir nunca y empezó a secarse.

     Una nube que estaba cerca lo vió y le preguntó cual era el motivo de su tristeza. El pequeño riachuelo le explicó su dificultad y cual era su propósito. La nube le contestó que si él quería podía viajar en su interior y pasadas las montañas lo dejaría junto al otro riachuelo. 

     Así fué cómo nuestro riachuelo accedió, fue absorbido por la nube y como vapor pudo volar al cielo, y voló por encima de las montañas y bajó junto al riachuelo buscado.

     Cuando se halló a su lado, se maravilló por sus aguas, eran frescas, puras, sabrosas y cristalinas, pudo verse reflejado y se enamoró. Le explicó sus aventuras al riachuelo y lo felicitó por sus aguas. 
     Resultó que el riachuelo también había oído hablar de él y feliz le propuso que juntaran sus aguas para hacer un río con las mejores aguas del mundo y así se formó un río rico y fresco. Sus aguas eran conocidas por otros ríos que se unieron a ellos y formaron entre todos un río maravilloso que proporcionaba la mejor agua, prosperidad y vida por donde transcurría. La leyenda explica que el rió fue llamado Ganges y es venerado como río Sagrado.

Vence tus miedos, alimenta tus ilusiones y compartelo con el mundo. 

Marta Tadeo

domingo, 25 de mayo de 2014

¿Ser o Tener?

     
     Había una vez una niña juguetona, valiente y amada que tenía a su disposición todo un reino y una gran riqueza, para heredar el paraíso sólo tenía que seguir una norma, el príncipe que ella escogiera no podía ser de otro reino. 

     La niña creció feliz hasta que se hizo mujer y se enamoró de un príncipe, valiente, hermoso y sabio pero no era del reino, sus costumbre no eran las mismas, ni su linaje pertenecía a la princesa. 
Suplicó a la madre reina que la dejara poder vivir y casarse con su príncipe extranjero, pero no obtuvo respuesta, la madre reina le dijo que hiciera aquello que mejor lo pareciese.

     De este modo la princesa y el príncipe se casaron y tuvieron hijos, fueron años felices y prósperos y la Princesa olvidó que había vulnerado la norma de la familia y un día sin aviso, cuando el Rey murió la Madre Reina la despojó de todo y la echó del reino.

     Desposeída de todo aquello que conocía y de su linaje, la princesa tuvo que hacerse más fuerte y forjar un nuevo reino. A sus hijos sólo les dió una norma, que nunca obtuvieran dinero ni riquezas, ya que éstas traen la desgracia a la familia. Los hijos fueron fieles y nunca tuvieron más de lo que necesitaron, justo lo necesario para vivir.

     Un día nació una princesita, bisnieta de la Gran Reina, creció con el convencimiento que era rica pero en su hogar reinaba solo un hogar humilde, ¿cómo era posible que se sintiera rica? Descubrió un día que era heredera de un Gran Reino que nunca recibió porque la Reina creía que para Ser había que Tener, y como su hija la había desobedecido le quitó todo para que dejara de Ser.

     La pequeña princesita no entendía esta conjugación, para Ser no hay que Tener, ya que la abuela fue sin tener. Llegó a un conclusión la pequeña princesa y le dijo a la Gran Reina que el Tener es sólo una parte del Ser a su disposición, que la riqueza está al servicio de las personas. 

     Por este motivo la princesa eligió su propio camino en el cual la prosperidad está al servicio de las personas y gracias a la riqueza y la abundancia se podía transformar en Reina de su propio destino, para el mejor bien del Todo y de si misma.

Autora del cuento y la foto: Marta Tadeo